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05/06/2020

Jornada «Pro orantibus»: Carta Pastoral de Mons. Reig

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CON MARÍA EN EL CORAZÓN DE LA IGLESIA

 Carta Pastoral dirigida a los monasterios
de la Diócesis de Alcalá de Henares 

            Llega la Jornada Pro orantibus en este tiempo de confinamiento en el que el Señor ha permitido que vivamos una situación límite. Esta situación está gritando a voces una serie de mensajes que hemos de leer en profundidad.

            En primer lugar conviene tomar buena nota de nuestra precariedad. Somos criaturas, no somos dioses. Es más, somos seres dependientes de la Sabiduría amorosa de Dios. No somos autosuficientes y nuestra existencia y nuestro futuro están en manos de Dios. Tomar conciencia de nuestra limitación es una puerta que se abre para confiar en la Providencia divina. Nuestro Dios, la Santísima Trinidad, no es un ser distante que ha creado al mundo y lo ha dejado a merced de sus fuerzas internas. Dios es Amor Providente que sostiene y cuida de cada una de sus criaturas creadas a su imagen y semejanza.

            Aceptar la dependencia amorosa de Dios es algo que solo puede nacer de la humildad. Por eso la Virgen María nos ayuda a alcanzar por la gracia de Dios la Sabiduría de los pobres y de los humildes. Con Dios estamos seguros. Él es nuestro Padre, origen de nuestra existencia, fundamento de nuestra vida y meta a la que estamos destinados.

            Mirando nuestra vida desde la humildad, la presencia del mal y del sufrimiento han de ser leídos y comprendidos como un tiempo de prueba y de gracia. De prueba porque el sufrimiento nos obliga a reconocer nuestra pobreza, nuestra incapacidad y las consecuencias de un mundo dañado por el pecado y que nos puede dañar. San Pablo, no sólo reconocía el fruto del pecado en su vida personal (Rm 7) sino que afirmaba que toda la creación, sometida a la frustración, está gimiendo con dolores de parto esperando la manifestación de los hijos de Dios (Rm 8, 19-22).

            Siendo un tiempo de prueba, no podemos olvidar que «los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará» (Rm 8, 18). Por eso este tiempo es, a la vez, un tiempo de gracia que hemos de aprovechar para volver el corazón a Dios y reconstruir todos los vínculos que una cultura perversa ha ido destruyendo: los vínculos con la familia, con la tradición y, en definitiva, con Dios. De nuevo la Virgen María nos sirve de guía para recibir estas circunstancias que nos rodean como un tiempo de gracia. Ella alumbró al Hijo de Dios en circunstancias adversas, tuvo que huir de Herodes y emigrar con José a Egipto; ella siguió los pasos de Jesús hasta el pie de la cruz y ella, finalmente, alentó a los discípulos en la espera de Pentecostés.

            El secreto de la Virgen María es su fe que le une a su Hijo Jesucristo y le lleva a contemplar en profundidad el designio de Dios. Vosotras, queridas contemplativas, habituadas al trato íntimo con Dios, nos tenéis que ayudar ahora a leer los acontecimientos en profundidad, sin perder la perspectiva de la fe para poder escuchar la voz de Dios en el interior de nuestra conciencia y guardar todo lo que no entendemos en nuestro corazón (Lc 2, 25). Vosotras, situadas como María en el corazón de la Iglesia, nos tenéis que ayudar con vuestra vida a buscar el rostro de Dios, a descubrirlo como Amor. El misterio de Dios, Santísima Trinidad que habita en una luz inaccesible, se ha mostrado en la humanidad de Jesucristo, vuestro esposo, «el más bello de todos los hombres en cuyos labios se derrama la gracia» (Sal 45, 2). Él se ha manifestado cercano a nosotros y, amándonos hasta el extremo, ha puesto de manifiesto que no abandona a nadie y que por nosotros ha derramado su sangre en la cruz.

            Hoy, queridas hermanas, encontramos en vuestros monasterios la luz que necesitamos para caminar con esperanza y reconocernos todos como hijos del mismo Padre y, por tanto, hermanos. Necesitamos, en la Iglesia y en el mundo, recuperar la comunión, el amor mutuo que transforme nuestro mundo en un verdadero hogar. Recibir a María como Madre como la recibió Juan, el discípulo amado, es hacer de la Iglesia la casa donde se puede vivir, donde no falta nunca el alimento del cuerpo entregado y de la sangre derramada por Cristo para nuestra redención.

            Vosotras, como Santa Teresita, en el corazón de la Iglesia, estáis llamadas a ser el amor. Nosotros, agradecidos por vuestra presencia y vuestra labor, reconoceremos en vuestros monasterios los faros que en la noche nos encaminan a buen puerto. Gracias a Dios por vuestro testimonio, gracias por vuestras oraciones, gracias por ser maestras que nos enseñáis en todos los acontecimientos de la vida a descubrir el designio de Dios.

Alcalá de Henares, 5 de junio de 2020

 

+ Juan Antonio Reig, obispo
Complutense


Gestor de noticias y Agenda Diocesana del Obispado de Alcalá
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