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23/05/2013

Domingo 26 de mayo. Carta de Mons. Reig con ocasión de la Jornada «Pro Orantibus»

 

Carta de Mons. Juan Antonio Reig Pla
Obispo de Alcalá de Henares

  Alcalá de Henares, 26 de mayo de 2013

CENTINELAS DE LA ORACIÓN

El domingo, 26 de mayo, celebraremos la solemnidad de la Santísima Trinidad en comunión con todos los monasterios de la diócesis de Alcalá de Henares. La Jornada “Pro Orantibus” en este Año de la Fe tiene un lema muy significativo: Centinelas de la oración.
 
Como sabéis, queridas hermanas, cada persona -varón o mujer- es huella de la Trinidad. Hemos sido creados a imagen de Dios –comunión trinitaria de Amor- y nuestra vocación constitutiva es el amor. Así se explica la sed de infinito que hay en nuestro corazón. El salmista lo explica con la imagen de la cierva que busca aplacar su sed: “Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a Ti, Dios mío… ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios?” (Sal 41). También así se explica que nuestra alma no encuentre el descanso si Dios no se le manifiesta, si no llega a encontrarse con Dios.
 
Este es el drama del hombre y del momento actual de nuestra cultura dominante. Sin Dios el hombre no sólo no tiene futuro sino que no encuentra sentido a la vida presente. Al prescindir de Dios vamos mendigando a las cosas y podemos caer en la idolatría del dinero, de la posesión de bienes, de las seguridades materiales y temporales. Sin Dios es fácil caer en la trampa de los afectos que nos esclavizan y nos impiden volar, servir a Dios con entera libertad. Sin Dios podemos quedar atados a las personas, a nuestras debilidades, a la servidumbre o al dominio.
 
Cristo, el verdadero rostro de Dios, es nuestro redentor que ha pagado el precio de su sangre para sacarnos de cualquier esclavitud, para liberar nuestra libertad con su gracia. El Espíritu Santo es la gracia que nos libera, la fuente de amor que plenifica nuestro corazón, que lo llena del Amor de Dios como nos recuerda San Pablo: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5,5). Es el mismo Espíritu  que como maestro interior nos enseña a orar y a gritar ¡Abba, Padre!” (Rom  8,15).
 
Así pues, alentados por el Espíritu, caminamos en la Iglesia siguiendo a Cristo para gloria del Padre. Este es el sentido de nuestra vida, el que da respuesta a las ansias de nuestro corazón. Sin Cristo nos perderíamos en la abstracción del Dios desconocido. Sin el Espíritu Santo no podríamos seguir las huellas de Jesús, ni podríamos cargar con la Cruz. De la mano de Cristo y sanados con el aceite del Espíritu podemos ser alabanza de la gloria del Padre.
 
Queridas hermanas, hemos nacido para adorar. El Señor nos ha hecho partícipes de su vida para colmarnos de su felicidad, para sumergirnos en el océano de su Amor. Por eso nuestra inclinación al bien reclama el Bien Absoluto, reclama contemplar el rostro de Dios, entrar en la corriente de Amor de la Trinidad. La adoración es la cumbre del espíritu. No es la servidumbre del esclavo. Es el abrazo esponsal con el Amado, es la contemplación permanente de su rostro, es la participación de su gloria. También es el abrazo de la criatura con el Creador en alianza perfecta y la unión con el Amado en desposorio espiritual.
 
Con estas expresiones no estamos simplemente adornando la realidad de la vida contemplativa y virginal. No es un adorno, es la misma realidad. La vocación bautismal, la condición de hijos de Dios, nos conduce al abrazo con el Padre, a la unión mística con Dios. Esta es la vocación de todos los bautizados. Las almas contemplativas en la Iglesia han recibido, sin embargo, una llamada singular. Como vírgenes están llamadas a un amor de consagración total, de exclusividad. El Espíritu Santo las lleva a la fuente de donde mana el Amor. Bebiendo en esta fuente, que brota singularmente de la Eucaristía, es como podéis derramar el amor de Dios sobre los hermanos con vuestra oración y con vuestra alabanza.
 
¿Por qué centinelas de la Oración? Porque sólo el amor nos hace permanecer despiertos; porque sólo el amor vigila y aguarda la presencia del Amado; porque sólo el amor nos proporciona una mirada aguda para descubrirlo en todas partes. Los monasterios de nuestra diócesis son torres de vigía, faros en la noche que nos alertan de la presencia de Dios y nos guían en las tinieblas de nuestra vida. Por eso son regalo de Dios para nosotros. Vosotras, queridas hermanas, sois rocío del cielo que cubre nuestras parroquias, nuestras familias, nuestros pueblos y ciudades.
 
Hoy, todos los fieles de la diócesis queremos manifestaros nuestro cariño y nuestro agradecimiento. Es una gratitud que tiene como destinatario a Dios que nos ha hecho el regalo de vuestra presencia. Con vosotras, este obispo y toda la diócesis, queremos aprender la primacía de la gracia, la necesidad de la oración sin tregua, la maravilla de ser de Dios. Queremos conocer con vosotras la fuente escondida de donde mana el Amor. Para no perdernos y “caminar en verdad” queremos seguir a Cristo conociendo su Palabra. Con Él como cabeza queremos formar un solo cuerpo trabado con los lazos de amor que nos proporciona el Espíritu Santo.
 
Con vosotras queremos ser alabanza de Dios nuestro Padre. Queremos, con vosotras, promover la conversión pastoral que nos reclama el Papa Francisco. Sólo siendo discípulos que beben en la fuente de la misericordia de Dios, podremos salir a las periferias geográficas y existenciales a anunciar el Amor de Dios. Es este Amor el único que puede saciar la sed del hombre que nace en cada uno por ser huella de la Trinidad.
 
Pido a todas las parroquias, movimientos y comunidades de la diócesis oración y asistencia para todos nuestros monasterios. A los más jóvenes les ruego que se dejen interpelar por Dios: ¡Señor! ¿Qué quieres de mí? La larga tradición de nuestros monasterios reclama en estos momentos la presencia de almas intrépidas que al oír la llamada del Señor estén dispuestas a dejarlo todo por El. Sólo el Señor es nuestra patria definitiva. Sólo en El encontramos el tesoro escondido y la perla preciosa (Mt 13,44-45).
 
Felicidades, queridas hermanas. Orad por todos nosotros para que, unidos, formemos como una columna  de fuego que guíe por el desierto de este mundo el caminar de nuestro pueblo.
 
Con mi bendición.
 
X Juan Antonio, obispo Complutense
 
 
 
 
 
Vida Contemplativa en la Diócesis de Alcalá de Henares
 
  
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Franciscanas Concepcionistas de la Inmaculada Concepción
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