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19/04/2012

Entrevista a Mons. Reig: «El amor, cuando es verdadero, no admite trampas»

Monseñor Juan Antonio Reig Pla
Presidente de la Subcomisión Episcopal
para la Familia y Defensa de la Vida
Miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina la Fe

La Conferencia Episcopal Española ultima
un nuevo Documento sobre el «amor humano»



(Semanario Alfa y Omega, 19 de abril de 2012)

La Conferencia Episcopal ultima un Documento sobre el Amor humano, con el que los obispos españoles buscan recordar el mensaje de la Iglesia sobre la afectividad en la pareja y la vivencia de la sexualidad, entre otros asuntos. Monseñor Juan Antonio Reig Pla, Presidente de la Subcomisión Episcopal para la Familia y Defensa de la vida, y obispo de Alcalá de Henares, explica la preocupación que tienen los obispos por formar bien a los fieles en estas materias, y la necesidad de este documento para la sociedad española. Y aunque él mismo ha experimentado que «existen grupos sociales que quieren silenciar a la Iglesia», sobre todo cuando ésta se pronuncia sobre la verdad de la sexualidad humana, afirma que «la Iglesia no puede callar la Verdad»


Mientras la sociedad habla de sexualidad, reproducción, o relaciones sentimentales, la Iglesia engloba estas realidades en el amor humano. Por aclarar: ¿A qué se refiere la Iglesia cuando habla de amor humano?

El amor humano hace referencia a la vocación primordial de toda persona humana, varón o mujer, creada a imagen de Dios, que es el Amor. La lógica del amor humano es el don, porque amar es darse a otro, procurar su bien. De ahí que el amor conyugal sea la donación de un hombre y de una mujer, en la que el cuerpo humano se hace lenguaje del amor y posibilita la comunión de las personas.

Este mensaje de la Iglesia sobre el amor humano, ¿es sólo aplicable a los católicos, o afecta a todos?

El mensaje de la Iglesia sobre el amor humano es universal, ya que el amor forma parte de lo específicamente humano. Lo que hace la Iglesia, que sabe que el corazón del hombre está herido por el pecado, es anunciar la gracia de Cristo, que nos capacita para amar. Nosotros sabemos que muchas personas quieren amarse y no pueden. En realidad, sólo la gracia redime el corazón.

¿Por qué es importante que, en la situación actual de España, la Iglesia se pronuncie sobre este tema?

Porque la Iglesia es experta en humanidad y sabe que el hombre no puede vivir sin amor, sin saberse amado y poder amar. Ahora bien, el amor no es simplemente una emoción o un sentimiento. El amor es una decisión que orienta nuestra voluntad siempre hacia el bien de la persona amada. Es decir, que el amor se aprende, y la Iglesia, como Maestra, tiene una misión educadora.

A los españoles, ¿nos falta formación y coherencia para vivir el amor humano que propone la Iglesia?

Todos los católicos tenemos necesidad de modelos de referencia. Por eso son tan importantes los matrimonios que, con su fidelidad, hacen resplandecer la belleza del amor. El amor vivido con coherencia y lealtad es contagioso. Y, en ese sentido, la formación y las enseñanzas de la Iglesia nos ayudan a descubrir las claves del amor humano.

La Iglesia explica que vivir la sexualidad de una forma desordenada, esto es, alejada del plan de Dios para la persona, destruye a la persona. ¿Por qué?

Se vive una sexualidad desordenada cuando los instintos o los afectos de la persona se desvían de la verdad del amor. Por eso, una persona que no sepa gobernar sus impulsos, o que se guíe sólo por las emociones, tiene su libertad atrapada; no conduce su vida, sino que es conducido y arrastrado. Y de ahí que, al no guiarse por la verdad del amor, fácilmente va a la deriva y se destruye a sí mismo. Sólo la verdad y el bien construyen a la persona en su dignidad.

Muchas parejas de novios que se quieren, y que no buscan sólo el placer de una noche, mantienen relaciones sexuales antes del matrimonio y lo ven normal. ¿Cómo se les muestra la importancia de la castidad?

Un punto de partida: la castidad es la virtud que integra en la persona humana el impulso erótico y los afectos. Por eso, la castidad, que supone el autodominio, custodia el verdadero amor. A los jóvenes hay que explicarles que la castidad posibilita la auténtica libertad para el don; y que el acto conyugal es la expresión de donación de la persona humana en su totalidad, y por eso requiere la fidelidad propia del matrimonio.

También ocurre lo mismo con matrimonios que usan métodos anticonceptivos cuando no quieren, o creen que no les resulta materialmente posible, tener más hijos…

La totalidad de la entrega que supone el acto conyugal no es compatible con reservas de ninguna clase, porque lo que se da es la persona, en el lenguaje del cuerpo. La anticoncepción falsea el amor. Otro asunto es, cuando hay motivos justos y graves, recurrir a la unión conyugal en los días no fecundos, teniendo en cuenta el ciclo de la mujer. El amor, cuando es verdadero, no admite trampas.

Hay quien dice, de forma claramente despectiva, que la Iglesia no tiene competencia para hablar sobre amor humano, y que qué sabrán los curas sobre sexualidad y matrimonio, si no están casados...

La Iglesia conoce muy bien el corazón humano, porque ha recibido la sabiduría de Cristo. Y Él es el verdadero Maestro que nos capacita para enseñar, siempre con misericordia, el camino que conduce a la meta del auténtico amor.

En su homilía del Viernes Santo habló del engaño del pecado, y de cómo Dios no está al margen del sufrimiento del hombre. Y citó, entre otros ejemplos, a las familias rotas, a las prostitutas y quienes acuden a ellas, o a los jóvenes que se introducen en el mundo de la homosexualidad para probar experiencias y encuentran el infierno. Es una realidad constatable, pero, incluso, le han denunciado por homofobia. ¿Hay grupos interesados en que la Iglesia guarde silencio sobre la verdad de la sexualidad humana?

Poner en evidencia las heridas del corazón humano, los pecados que destruyen al hombre, resulta siempre incómodo. Es evidente que existen grupos que quieren silenciar a la Iglesia y, de manera particular, a los obispos. Pero callar sería pecar de omisión y no ser fiel a la misión encomendada por Cristo. Las palabras de la Iglesia prolongan el Evangelio de Jesucristo y anuncian siempre misericordia y perdón. A través de la confesión, los sacerdotes conocemos muchos infiernos, y hemos de denunciarlos, y de anunciar la gracia de la Redención. Yo hago mías las palabras de san Pablo: ¡ Ay de mí si no evangelizare!

¿En qué consiste el verdadero respeto a un homosexual?

El respeto que merece toda persona es la verdad y el amor. La Iglesia ama y respeta a todas las personas, también a las que sienten inclinación hacia otras personas de su mismo sexo. Son mis hermanos y forman parte de mi familia. Nadie debe ser excluido del amor de Dios y del amor de la Iglesia. Eso sí, es ese amor el que nos lleva a anunciar la verdad que hemos recibido de Cristo y de la Tradición de la Iglesia.

Ningún medio reprodujo su homilía, sino que se descontextualizaron sus palabras. ¿Es un antiservicio a la sociedad lo que hacen los manipuladores, desde algunos medios, retorciendo el mensaje de la Iglesia?

Los obispos estamos acostumbrados a que nuestras palabras sean, en ocasiones, tergiversadas, o mal vertidas en titulares escandalosos. Yo entiendo que no se hace ningún servicio a la verdad cuando se manipulan las palabras y se oculta la verdad de lo dicho. Todos necesitamos autocrítica, también los medios de comunicación. Sin embargo, y a pesar de todo, la Iglesia no puede callar la Verdad. Sería traicionar a Cristo.

José Antonio Méndez

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