Sobre «la ambigüedad»

https://obispadoalcala.org/images/Marten_van_Valckenborch_Tower_of_babel-large_520.jpgMarten van Valckenborch, La Torre de Babel

Presentación de la nueva sección:

El Santo Padre el Papa Francisco nos enseña orando: «donde hay ambigüedad, haz que llevemos claridad» (24-1-2018).

El diccionario de la Real Academia Española define
«ambigüedad» como «calidad de ambiguo»; y «ambiguo», en su primera acepción, es definido como: «Dicho especialmente del lenguaje: Que puede entenderse de varios modos o admitir distintas interpretaciones y dar, por consiguiente, motivo a dudas, incertidumbre o confusión».

Por su parte, el Papa San Juan XXIII ya en 1960 escribía: «¿No es prácticamente la vida actual una rebelión contra el quinto, sexto, séptimo y octavo mandamientos: "No matarás, no serás impuro, no robarás, no levantarás falsos testimonios"? Es como una actual conjuración diabólica contra la verdad. (…)» (22-12-1960).

«
La Iglesia se siente interpelada continuamente por el Maestro para anunciar la novedad pascual de su Evangelio, respondiendo así al mandato de Jesús de anunciarlo a toda criatura (cf. Mc 16, 15). Pero esta misión profética, que despierta la fe y la conciencia del pueblo cristiano, debe comprometer y responsabilizar a todas las fuerzas vivas de la Iglesia y llegar a todos los campos de la actividad humana y, en particular, a la familia, la juventud y la cultura.

Para ello, el mensaje debe ser claro y preciso: el anuncio explícito y profético del Señor resucitado, realizado con la “ parresía ” apostólica (cf. Hch 5, 28-29; cf. Redemptoris missio, 45), de suerte que la palabra de vida se convierta en una adhesión personal a Jesús, Salvador del hombre, Redentor del mundo. En efecto, “urge recuperar y presentar una vez más el verdadero rostro de la fe cristiana, que no es simplemente un conjunto de proposiciones que se han de acoger y ratificar con la mente, sino un conocimiento de Cristo vivido personalmente, una memoria viva de sus mandamientos, una verdad que ha de hacerse vida” (Veritatis splendor, 88).» (Papa San Juan Pablo II, A los obispos de Uruguay en visita «ad limina», 12-2-1994).

Sea cual sea la materia, «no se puede entablar un diálogo real sobre la base de la ambigüedad o de sacrificar el bien para complacer al otro» (Papa Francisco, Viaje apostólico a Egipto: Discurso a los participantes en la Conferencia Internacional para la Paz, 28-4-2017).

Como enseña el Papa Francisco: «Dios no se desmiente a sí mismo. Nunca. Dios no desilusiona nunca. Su voluntad con nosotros no es confusa, sino que es un proyecto de salvación bien delineado: «Dios quiere que todos los hombres sean salvados y alcancen la conciencia de la verdad» (1 Tm 2, 4). Por ello, no nos abandonamos al fluir de los eventos con pesimismo, como si la historia fuera un tren del que se ha perdido el control. La resignación no es una virtud cristiana. Como no es de cristianos levantar los hombros o bajar la cabeza ante un destino que nos parece ineludible.» (Audiencia general, 11-10-2017).

Así pues, como propuesta a la libertad de nuestros lectores, y desde el más exquisito respeto hacia todas las personas, se introduce en esta nueva sección, a la luz del Magisterio de la Iglesia, una primera aproximación al tema de «la ambigüedad».

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El Greco, Santos Pedro y Pablo

«En efecto, nuestras cartas no son ambiguas:
no hay en ellas más de lo que ustedes pueden leer y entender»
(2 Cor, 1, 13)


A modo de primera introducción:

 

Catecismo de la Iglesia Católica

«Ante Pilato, Cristo proclama que había “venido al mundo para dar testimonio de la verdad” (Jn 18, 37). El cristiano no debe “avergonzarse de dar testimonio del Señor” (2 Tm 1, 8). En las situaciones que exigen dar testimonio de la fe, el cristiano debe profesarla sin ambigüedad, a ejemplo de san Pablo ante sus jueces. Debe guardar una “conciencia limpia ante Dios y ante los hombres” (Hch 24, 16).» (n. 2471).

Papa Francisco

«Donde hay ambigüedad, haz que llevemos claridad» (Mensaje para la LII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 2018 - «La verdad os hará libres (Jn 8,32). Fake news y periodismo de paz» 24-1-2018).

Papa Benedicto XVI

«La Sagrada Escritura no conoce ambigüedad: toda la creación está marcada por la finitud, incluidos los elementos divinizados por las antiguas mitologías: en ningún caso se confunde la creación y el Creador, sino que existe una diferencia precisa. Con esta clara distinción, Jesús afirma que sus palabras "no pasarán", es decir, están de la parte de Dios y, por consiguiente, son eternas.» (Ángelus, 15-11-2009).

Papa San Juan Pablo II

«Es preciso denunciar con coherencia y valentía actitudes ambiguas como las de quien expresa preocupantes juicios sobre la condición de muchos jóvenes, pero favorece de hecho conductas inspiradas en el laxismo y carentes de auténtico sentido moral.» (Discurso al alcalde de Roma y a los administradores capitolinos, 30-1-1997).

«Defended la auténtica doctrina contra los silencios sospechosos, las ambigüedades engañosas, las reducciones mutiladoras, las relecturas subjetivas, las desviaciones que amenazan la integridad y la pureza de la fe.» (Discurso a un grupo de obispos españoles in visita «ad limina Apostolorum», 17-10-1986).

Papa San Pablo VI

«La solicitud por acercarse a los hermanos no debe traducirse en una atenuación o en una disminución de la verdad. Nuestro diálogo no puede ser una debilidad respecto al compromiso con nuestra fe. El apostolado no puede transigir con una especie de compromiso ambiguo respecto a los principios de pensamiento y de acción que deben definir nuestra profesión cristiana. El irenismo y el sincretismo son en el fondo formas de escepticismo respecto a la fuerza y al contenido de la palabra de Dios que queremos predicar. Sólo el que es totalmente fiel a la doctrina de Cristo puede ser eficazmente apóstol. Y sólo el que vive con plenitud la vocación cristiana puede estar inmunizado contra el contagio de los errores con los que se pone en contacto.» (Encíclica Ecclesiam Suam, n. 40, 6-8-1964).

Papa San Juan XXIII


«Es culpable no solamente quien desfigura deliberadamente la verdad, sino que lo es también aquel que, por no aparecer completo y moderno, la traiciona por la ambigüedad de su actitud. (…)

 

El antidecálogo

Pensar, honrar, decir y practicar la verdad. Proclamando estas exigencias básicas de la vida humana y cristiana, una pregunta surge del corazón a los labios: ¿Dónde está en la tierra el respeto a la verdad? No estamos, a veces, e incluso muy frecuentemente, ante un antidecálogo desvergonzado e insolente que ha abolido el no, ese "no" que precede a la formulación neta y precisa de los cinco mandamientos de Dios que vienen después de "honra a tu padre y a tu madre"? ¿No es prácticamente la vida actual una rebelión contra el quinto, sexto, séptimo y octavo mandamientos: "No matarás, no serás impuro, no robarás, no levantarás falsos testimonios"? Es como una actual conjuración diabólica contra la verdad. (…)» (Radiomensaje de Navidad, 22-12-1960).

Mons. Juan Antonio Reig Pla, Obispo de Alcalá de Henares

«Caridad en la Verdad: las personas merecen amor, respeto, misericordia, acogida; pero las ideas, las palabras, las inclinaciones y las acciones cuando son erradas deben ser desenmascaradas con claridad meridiana. Satanás es el rey de la confusión y de la ambigüedad, forma parte de su estrategia» (Carta de agradecimiento, 17-10-2014)


Algunos otros textos del Magisterio de la Iglesia Católica con referencias a la ambigüedad

 

Catecismo de la Iglesia Católica

«En su predicación, Jesús enseñó sin ambigüedad el sentido original de la unión del hombre y la mujer, tal como el Creador la quiso al comienzo: la autorización, dada por Moisés, de repudiar a su mujer era una concesión a la dureza del corazón (cf Mt 19,8); la unión matrimonial del hombre y la mujer es indisoluble: Dios mismo la estableció: "lo que Dios unió, que no lo separe el hombre" (Mt 19,6).» (n. 1614).

Papa Francisco

«Donde hay ambigüedad, haz que llevemos claridad» (Mensaje para la LII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 2018 - «La verdad os hará libres (Jn 8,32). Fake news y periodismo de paz» 24-1-2018).

«Como la Iglesia de Laodicea, conocemos quizá la tibieza del compromiso, la indecisión calculada, la insidia de la ambigüedad. Sabemos que precisamente sobre estas actitudes se abate la condena más severa.» (Discurso en la apertura de la 70 Asamblea general de la Conferencia Episcopal Italiana, 22-5-2017).

«El deber de la identidad, porque no se puede entablar un diálogo real sobre la base de la ambigüedad o de sacrificar el bien para complacer al otro» (Viaje apostólico a Egipto: Discurso a los participantes en la Conferencia Internacional para la Paz, 28-4-2017).

Papa Benedicto XVI

«En efecto, ¿cómo es posible pretender conseguir la paz, el desarrollo integral de los pueblos o la misma salvaguardia del ambiente, sin que sea tutelado el derecho a la vida de los más débiles, empezando por los que aún no han nacido? Cada agresión a la vida, especialmente en su origen, provoca inevitablemente daños irreparables al desarrollo, a la paz, al ambiente. Tampoco es justo codificar de manera subrepticia falsos derechos o libertades, que, basados en una visión reductiva y relativista del ser humano, y mediante el uso hábil de expresiones ambiguas encaminadas a favorecer un pretendido derecho al aborto y a la eutanasia, amenazan el derecho fundamental a la vida.» (Mensaje de la XLVI Jornada Mundial de la Paz 2013, Bienaventurados los que trabajan por la paz, 8-12-2012).

«En realidad, el hombre separado de Dios se reduce a una sola dimensión, la dimensión horizontal, y precisamente este reduccionismo es una de las causas fundamentales de los totalitarismos que en el siglo pasado han tenido consecuencias trágicas, así como de la crisis de valores que vemos en la realidad actual. Ofuscando la referencia a Dios, se ha oscurecido también el horizonte ético, para dejar espacio al relativismo y a una concepción ambigua de la libertad que en lugar de ser liberadora acaba vinculando al hombre a ídolos.» (Audiencia general,14-11-2012).

«Estáis llamados a vivir y perfeccionar hoy en día la comunión, con vistas a un testimonio valiente y sin ambigüedades.» (Ecclesia in Medio Oriente: Exhortación Apostólica Postsinodal sobre la Iglesia en Oriente Medio, comunión y testimonio, 14-9-2012).

«La postura de la Iglesia no admite ambigüedad alguna por lo que se refiere al aborto. El niño en el seno materno es una vida humana que se ha de proteger. El aborto, que consiste en eliminar a un inocente no nacido, es contrario a la voluntad de Dios, pues el valor y la dignidad de la vida humana debe ser protegida desde la concepción hasta la muerte natural.» (Africae munus: Exhortación apostólica postsinodal sobre la Iglesia en África al servicio de la reconciliación, la justicia y la paz, 19-11-2011).

«El compromiso de la Iglesia con la sociedad civil está fundado en la convicción de que el progreso humano, tanto el de los individuos como el de las comunidades, depende del reconocimiento de la vocación sobrenatural de toda persona. Es de Dios de quien los hombres y las mujeres reciben su dignidad esencial (cf. Gn 1, 27) y la capacidad de buscar la verdad y la bondad. Desde esta amplia perspectiva podemos afrontar tendencias al pragmatismo y al consecuencialismo, tan dominantes hoy, que sólo se ocupan de los síntomas y los efectos de los conflictos, de la fragmentación social y de la ambigüedad moral, en lugar de buscar sus causas. Cuando sale a la luz la dimensión espiritual de la humanidad, el corazón y la mente de las personas se vuelve hacia Dios y hacia las maravillas de la vida humana: el ser mismo, la verdad, la belleza, los valores morales y las demás personas. De esta forma se puede encontrar un fundamento seguro para unir a la sociedad y para sostener una visión de esperanza.» (Discurso al Embajador de Australia ante la Santa Sede, 12-2-2009).

«Él [Dios] ya no está lejos. No es desconocido. No es inaccesible a nuestro corazón. Se ha hecho niño por nosotros y así ha disipado toda ambigüedad.» (Homilía en la Misa de Nochebuena, 24-12-2006).

«No se puede prescindir tampoco de la relación con las demás religiones, la cual sólo resulta constructiva si evita toda ambigüedad que de algún modo debilite el contenido esencial de la fe cristiana en Cristo único Salvador de todos los hombres (cf. Hch 4, 12) y en la Iglesia, sacramento necesario de salvación para toda la humanidad (cf. declaración  Dominus Iesus, nn. 13-15; 20-22:  AAS 92 [2000] 742-765).» (Discurso durante la Visita a la Pontificia Universidad Gregoriana, 3-11-2006).

Papa San Juan Pablo II

«La doctrina social de la Iglesia ilumina con la luz de la Revelación los valores fundamentales de una convivencia humana ordenada y solidaria, rescatándolos de oscurecimientos y ambigüedades. Los cristianos laicos, abiertos a la acción de la gracia de Dios, son el instrumento vivo para que esos valores puedan llegar a impregnar eficazmente la historia.» (Discurso a los participantes en el Congreso de la Fundación vaticana "Centesimus annus, pro Pontifice", 4-12-2004).

«Especialmente en una cultura del "aquí y ahora", los obispos deben destacar como profetas, testigos y servidores intrépidos de la esperanza de Cristo (cf. Pastores gregis, 3). Al proclamar esta esperanza, que brota de la cruz, espero que guiéis a los hombres y mujeres desde las sombras de la confusión moral y el modo de pensar ambiguo hacia el esplendor de la verdad y del amor de Cristo. En efecto, sólo mediante la comprensión del destino final -la vida eterna en el cielo- pueden explicarse las numerosas alegrías y ctristezas de cada día, permitiendo a las personas afrontar el misterio de su vida con confianza (cf. Fides et ratio, 81).» (Discurso a la Conferencia episcopal de Australia con ocasión de su visita "ad Limina Apostolorum", 26-3-2004).

«Pero la luz que emana de la gruta de Belén ilumina también, y de modo implacable, las ambigüedades y los fracasos de nuestras iniciativas.» (Discurso al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, 10-1-2002).

«En la Catedral Metropolitana de Montevideo, durante mi primera visita pastoral al Uruguay, decía: "Señor, (...) hemos de proclamar sin temor alguno la verdad completa y auténtica sobre tu persona, sobre la Iglesia que tú fundaste, sobre el hombre y sobre el mundo que tú has redimido con tu sangre, sin reduccionismos ni ambigüedades" (Alocución, 31-3-1987, 3). En efecto, no basta promover "los llamados «valores del Reino», como son la paz, la justicia, la libertad, la fraternidad" (Redemptoris missio, 17), sino que se debe proclamar que "Cristo es el único mediador entre Dios y los hombres (...). Esta mediación suya única y universal, (...) es la vía establecida por Dios mismo" (ibíd, 5).» (Discurso a los miembros de la Conferencia Episcopal de Uruguay en visita "ad limina Apostolorum", 6-9-2001).


«Es necesario un humanismo en el que el horizonte de la ciencia y el de la fe ya no estén en conflicto.


Sin embargo, no podemos contentarnos con un acercamiento ambiguo, como el que favorece una cultura que duda de la capacidad de la razón de alcanzar la verdad. Por este camino se corre el riesgo del equívoco de una fe reducida al sentimiento, a la emoción, al arte, en síntesis, una fe privada de todo fundamento crítico. Pero esta no sería la fe cristiana, que, por el contrario, exige una adhesión razonable y responsable a cuanto Dios ha revelado en Cristo.» (Discurso en el Jubileo de los profesores universitarios, 9-9-2000).


«El compromiso incondicional en favor de toda vida por nacer, que la Iglesia asume ya desde el comienzo, no permite ninguna ambigüedad o componenda. Acerca de este punto, la Iglesia debe hablar, siempre y en todo lugar, con palabras y obras, con un lenguaje único e idéntico.» (Carta a los Obispos Alemanes, 3-6-1999).


«Se ha de tener presente que uno de los elementos más importantes de nuestra condición actual es la « crisis del sentido ». Los puntos de vista, a menudo de carácter científico, sobre la vida y sobre el mundo se han multiplicado de tal forma que podemos constatar como se produce el fenómeno de la fragmentariedad del saber. Precisamente esto hace difícil y a menudo vana la búsqueda de un sentido. Y, lo que es aún más dramático, en medio de esta baraúnda de datos y de hechos entre los que se vive y que parecen formar la trama misma de la existencia, muchos se preguntan si todavía tiene sentido plantearse la cuestión del sentido. La pluralidad de las teorías que se disputan la respuesta, o los diversos modos de ver y de interpretar el mundo y la vida del hombre, no hacen más que agudizar esta duda radical, que fácilmente desemboca en un estado de escepticismo y de indiferencia o en las diversas manifestaciones del nihilismo.


La consecuencia de esto es que a menudo el espíritu humano está sujeto a una forma de pensamiento ambiguo, que lo lleva a encerrarse todavía más en sí mismo, dentro de los límites de su propia inmanencia, sin ninguna referencia a lo trascendente. Una filosofía carente de la cuestión sobre el sentido de la existencia incurriría en el grave peligro de degradar la razón a funciones meramente instrumentales, sin ninguna auténtica pasión por la búsqueda de la verdad.» n. 81 (Encíclica Fides et ratio, 14-9-1998).

«La sociedad debe tomar cada vez conciencia más clara de que la libertad, si se aleja del respeto debido al ser humano y a sus derechos y deberes fundamentales, es sólo un vocablo vacío o incluso peligrosamente ambiguo» (Discurso al nuevo Embajador de España ante la Santa Sede, 10-1-1997).

«En las diferentes actividades de su ministerio, los sacerdotes deben tener muy presente que los fieles tienen derecho a que se les enseñe el contenido integral de la Revelación y la doctrina de la Iglesia, evitando cuidadosamente relecturas subjetivas del mensaje cristiano, ambigüedades engañosas o silencios sospechosos que pueden suscitar desorientación y amenazar la pureza de la fe. Estos criterios han de ser observados también por aquellos presbíteros que hablan en nombre de la Iglesia en los medios de comunicación social.» (Discurso a los obispos de Costa Rica en visita «ad limina», 19-2-1994).

«El martirio, exaltación de la santidad inviolable de la ley de Dios

90. La relación entre fe y moral resplandece con toda su intensidad en el respeto incondicionado que se debe a las exigencias ineludibles de la dignidad personal de cada hombre, exigencias tuteladas por las normas morales que prohíben sin excepción los actos intrínsecamente malos. La universalidad y la inmutabilidad de la norma moral manifiestan y, al mismo tiempo, se ponen al servicio de la absoluta dignidad personal, o sea, de la inviolabilidad del hombre, en cuyo rostro brilla el esplendor de Dios (cf. Gn 9, 5-6).

El no poder aceptar las teorías éticas «teleológicas», «consecuencialistas» y «proporcionalistas» que niegan la existencia de normas morales negativas relativas a comportamientos determinados y que son válidas sin excepción, halla una confirmación particularmente elocuente en el hecho del martirio cristiano, que siempre ha acompañado y acompaña la vida de la Iglesia.

91. Ya en la antigua alianza encontramos admirables testimonios de fidelidad a la ley santa de Dios llevada hasta la aceptación voluntaria de la muerte. Ejemplar es la historia de Susana: a los dos jueces injustos, que la amenazaban con hacerla matar si se negaba a ceder a su pasión impura, responde así: «¡Qué aprieto me estrecha por todas partes! Si hago esto, es la muerte para mí; si no lo hago, no escaparé de vosotros. Pero es mejor para mí caer en vuestras manos sin haberlo hecho que pecar delante del Señor» (Dn 13, 22-23). Susana, prefiriendo morir inocente en manos de los jueces, atestigua no sólo su fe y confianza en Dios sino también su obediencia a la verdad y al orden moral absoluto: con su disponibilidad al martirio, proclama que no es justo hacer lo que la ley de Dios califica como mal para sacar de ello algún bien. Susana elige para sí la mejor parte: un testimonio limpidísimo, sin ningún compromiso, de la verdad y del Dios de Israel, sobre el bien; de este modo, manifiesta en sus actos la santidad de Dios.

En los umbrales del Nuevo Testamento, Juan el Bautista, rehusando callar la ley del Señor y aliarse con el mal, murió mártir de la verdad y la justicia142 y así fue precursor del Mesías incluso en el martirio (cf. Mc 6, 17-29). Por esto, «fue encerrado en la oscuridad de la cárcel aquel que vino a testimoniar la luz y que de la misma luz, que es Cristo, mereció ser llamado lámpara que arde e ilumina... Y fue bautizado en la propia sangre aquel a quien se le había concedido bautizar al Redentor del mundo» 143.

En la nueva alianza se encuentran numerosos testimonios de seguidores de Cristo —comenzando por el diácono Esteban (cf. Hch 6, 8 - 7, 60) y el apóstol Santiago (cf. Hch 12, 1-2)— que murieron mártires por confesar su fe y su amor al Maestro y por no renegar de él. En esto han seguido al Señor Jesús, que ante Caifás y Pilato, «rindió tan solemne testimonio» (1 Tm 6, 13), confirmando la verdad de su mensaje con el don de la vida. Otros innumerables mártires aceptaron las persecuciones y la muerte antes que hacer el gesto idolátrico de quemar incienso ante la estatua del emperador (cf. Ap 13, 7-10). Incluso rechazaron el simular semejante culto, dando así ejemplo del rechazo también de un comportamiento concreto contrario al amor de Dios y al testimonio de la fe. Con la obediencia, ellos confían y entregan, igual que Cristo, su vida al Padre, que podía liberarlos de la muerte (cf. Hb 5, 7).

La Iglesia propone el ejemplo de numerosos santos y santas, que han testimoniado y defendido la verdad moral hasta el martirio o han prefirido la muerte antes que cometer un solo pecado mortal. Elevándolos al honor de los altares, la Iglesia ha canonizado su testimonio y ha declarado verdadero su juicio, según el cual el amor implica obligatoriamente el respeto de sus mandamientos, incluso en las circunstancias más graves, y el rechazo de traicionarlos, aunque fuera con la intención de salvar la propia vida.

92. En el martirio, como confirmación de la inviolabilidad del orden moral, resplandecen la santidad de la ley de Dios y a la vez la intangibilidad de la dignidad personal del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. Es una dignidad que nunca se puede envilecer o contrastar, aunque sea con buenas intenciones, cualesquiera que sean las dificultades. Jesús nos exhorta con la máxima severidad: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?» (Mc 8, 36).

El martirio demuestra como ilusorio y falso todo significado humano que se pretendiese atribuir, aunque fuera en condiciones excepcionales, a un acto en sí mismo moralmente malo; más aún, manifiesta abiertamente su verdadero rostro: el de una violación de la «humanidad» del hombre, antes aún en quien lo realiza que no en quien lo padece 144. El martirio es, pues, también exaltación de la perfecta humanidad y de la verdadera vida de la persona, como atestigua san Ignacio de Antioquía dirigiéndose a los cristianos de Roma, lugar de su martirio: «Por favor, hermanos, no me privéis de esta vida, no queráis que muera... dejad que pueda contemplar la luz; entonces seré hombre en pleno sentido. Permitid que imite la pasión de mi Dios» 145.

93. Finalmente, el martirio es un signo preclaro de la santidad de la Iglesia: la fidelidad a la ley santa de Dios, atestiguada con la muerte es anuncio solemne y compromiso misionero «usque ad sanguinem» para que el esplendor de la verdad moral no sea ofuscado en las costumbres y en la mentalidad de las personas y de la sociedad. Semejante testimonio tiene un valor extraordinario a fin de que no sólo en la sociedad civil sino incluso dentro de las mismas comunidades eclesiales no se caiga en la crisis más peligrosa que puede afectar al hombre: la confusión del bien y del mal, que hace imposible construir y conservar el orden moral de los individuos y de las comunidades. Los mártires, y de manera más amplia todos los santos en la Iglesia, con el ejemplo elocuente y fascinador de una vida transfigurada totalmente por el esplendor de la verdad moral, iluminan cada época de la historia despertando el sentido moral. Dando testimonio del bien, ellos representan un reproche viviente para cuantos transgreden la ley (cf. Sb 2, 2) y hacen resonar con permanente actualidad las palabras del profeta: «¡Ay, los que llaman al mal bien, y al bien mal; que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad; que dan amargo por dulce, y dulce por amargo!» (Is 5, 20).

Si el martirio es el testimonio culminante de la verdad moral, al que relativamente pocos son llamados, existe no obstante un testimonio de coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios. En efecto, ante las múltiples dificultades, que incluso en las circunstancias más ordinarias puede exigir la fidelidad al orden moral, el cristiano, implorando con su oración la gracia de Dios, está llamado a una entrega a veces heroica. Le sostiene la virtud de la fortaleza, que —como enseña san Gregorio Magno— le capacita a «amar las dificultades de este mundo a la vista del premio eterno» 146.

94. En el dar testimonio del bien moral absoluto los cristianos no están solos. Encuentran una confirmación en el sentido moral de los pueblos y en las grandes tradiciones religiosas y sapienciales del Occidente y del Oriente, que ponen de relieve la acción interior y misteriosa del Espíritu de Dios. Para todos vale la expresión del poeta latino Juvenal: «Considera el mayor crimen preferir la supervivencia al pudor y, por amor de la vida, perder el sentido del vivir» 147. La voz de la conciencia ha recordado siempre sin ambigüedad que hay verdades y valores morales por los cuales se debe estar dispuestos a dar incluso la vida. En la palabra y sobre todo en el sacrificio de la vida por el valor moral, la Iglesia da el mismo testimonio de aquella verdad que, presente ya en la creación, resplandece plenamente en el rostro de Cristo: «Sabemos —dice san Justino— que también han sido odiados y matados aquellos que han seguido las doctrinas de los estoicos, por el hecho de que han demostrado sabiduría al menos en la formulación de la doctrina moral, gracias a la semilla del Verbo que está en toda raza humana» 148.» (Encíclica Veritatis Splendor, 6-8-1993).

«La Iglesia lo que tiene que comunicar, clara e íntegramente, es la verdad de Cristo y de su Evangelio: ésta es la única verdad liberadora y salvadora, no la que proviene de ideologías ambiguas» (Discurso al Consejo General de la Pontificia Comisión para la América Latina -CAL, 28-4-1987).

«Os aliento, amadísimos, a formar a los futuros sacerdotes en una fe firme, que los capacite para ser, en este mundo nuestro tan secularizado, “hombres de Dios”, verdaderos creyentes en Cristo; sin posturas ambiguas que puedan desvirtuar el sentido verdadero del misterio divino, sin el cual apenas puede comprenderse qué es el sacerdocio.» (Discurso a una peregrinación del clero español, 30-3-1987).

«Sé bien que el ejercicio del ministerio episcopal requiere muchos esfuerzos y abnegación, como también y principalmente la estrecha unión entre vosotros y con el Sucesor de Pedro, porque el gobierno pastoral ha de expresarse en lo doctrinal en orientaciones claras, precisas, exentas de ambigüedad y de vacilaciones, sobre todo en aquellos asuntos en los que los fieles necesitan una palabra esclarecedora. A este propósito viene a mi mente el retrato del buen Pastor que nos dejó Pablo VI en la “Evangelii Nuntiandi”: “El predicador del evangelio será aquel que, aun a costa de renuncias y sacrificios, busca siempre la verdad que debe transmitir a los demás. No vende ni disimula jamás la verdad por el deseo de agradar a los hombres, de causar asombro, ni por originalidad o deseo de aparentar . . . Pastores del pueblo de Dios: nuestro servicio pastoral nos pide que guardemos, defendamos y comuniquemos la verdad, sin reparar en sacrificios” (Evangelii Nuntiandi, 78).» (Discurso a los obispos de Perú en visita «ad limina Apostolorum», 4-10-1984).

«La tarea del teólogo lleva pues el carácter de misión eclesial, como participación en la misión evangelizadora de la Iglesia y como servicio preclaro a la comunidad eclesial.

 

Aquí se funda la grave responsabilidad del teólogo, quien debe tener siempre presente que el Pueblo de Dios, y ante todo los sacerdotes que han de educar la fe de ese Pueblo, tienen el derecho a que se les explique sin ambigüedades ni reducciones las verdades fundamentales de la fe cristiana. “Hemos de confesar a Cristo ante la historia y ante el mundo con convicción profunda, sentida y vivida, como la confesó Pedro: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Esta es la Buena Noticia, en cierto sentido única: la Iglesia vive por ella y para ella, así como saca de ella todo lo que tiene para ofrecer a los hombres” (Discurso en la inauguración de la III Conferencia general del episcopado latinoamericano en Puebla, I, 3, 28 de enero de 1979: Insegnamenti di Giovanni Paolo II, II [1979] 192).  “Debemos servir a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Debemos servirles en su sed de verdades totales; sed de verdades últimas y definitivas, sed de la Palabra de Dios, sed de unidad entre los cristianos” (Discurso en la universidad Gregoriana de Roma, 6, 15 de diciembre de 1979: Insegnamenti di Giovanni Paolo II, II, 2 [1979] 1424).» (Discurso a los profesores de teología en la Universidad Pontificia de Salamanca, 1-11-1982).

«El obispo ha de prestar tal servicio a la verdad y a la fe cristiana sin ambigüedades.» (Discurso a  la Asamblea plenaria de la Conferencia Episcopal Española, Madrid, 31-10-1982).

«Muchas veces la verdad puede desconcertar a la razón y, sobre todo, al instinto que tiende a la satisfacción inmediata y sin escrúpulos. Y sin embargo, la verdad es la que ha revelado Jesús y enseña el Magisterio auténtico de la Iglesia. La verdad no cambia por mucho que cambie continuamente la historia. Hay que tener la valentía de la verdad y eliminar las reticencias, ambigüedades, subterfugios e interpretaciones confusas y desleídas que producen malestar en las almas y las dejan perplejas y desorientadas. Los errores pasan; la verdad permanece. Pero anunciar y practicar toda la verdad, cuesta a veces. Ya lo había anunciado Cristo hablando del camino tortuoso y pedregoso, de la puerta estrecha y de la cruz cotidiana. Pero la verdad ilumina y salva: "El que me sigue no anda en tinieblas" (Jn 8, 12).» (Discurso a una peregrinación de la diócesis de Cremona, 23-3-1981).

«Tened presentes en vuestro corazón todas las necesidades e interpelaciones de los hombres, y proclamad precisamente en eso, sin ambigüedad, las exigencias de Jesús en su totalidad. Hacedlo porque os importa el hombre. Sólo el hombre que es capaz de una decisión total y definitiva, el hombre en quien concuerdan cuerpo y alma, el hombre que está dispuesto a dedicar toda su energía a su salvación, sólo este hombre es inmune contra la secreta disgregación de la fundamental substancia humana.» (Discurso la Conferencia Episcopal Alemana, Fulda, 18 de noviembre de 1980).

«El pan que necesitamos es, también, la Palabra de Dios, porque, "no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4, 4 cf. Dt 8, 3). Indudablemente, también los hombres pueden pronunciar y expresar palabras de tan alto valor. Pero la historia nos muestra que las palabras de los hombres son, a veces, insuficientes, ambiguas, decepcionantes, tendenciosas; mientras que la Palabra de Dios está llena de verdad (cf. 2 Sam 7, 28; 1 Cor 17, 26); es recta (Sal 33, 4); es estable y permanece para siempre (cf. Sal 119, 89; 1 Pe 1, 25).» (Homilía en la Santa misa para los empleados de las Villas pontificias, 29-7-1979).

Papa San Pablo VI

«Pero ¡ay! observamos con no rara frecuencia que un humanismo bien intencionado, pero sin raíces más hondas, sin la garantía de una consistente y superior motivación, que descubra en el fondo del ser humano la dignidad inconmensurable de la imagen divina y la presencia del Cristo que exalta, libera, une al hombre, queda en un humanismo débil, parcial, ambiguo, formal, cuando no falseado.» (Homilía en la Beatificación de María Rosa Molas y Vallvé, 8-5-1977).

«Queremos señalar finalmente otro mérito que contribuye no poco a la utilidad y excelencia de la doctrina de Santo Tomás: nos referimos a su estilo literario, límpido, sobrio, preciso, forjado en el ejercicio de la enseñanza, en la discusión y en la redacción de sus obras. Baste repetir a este propósito lo que se leía en la antigua liturgia dominica en la fiesta del Aquinate: Stilus brevis, grata facundia; celsa, firma, clara sententia (Estilo conciso, exposición agradable, pensamiento profundo, denso, claro)[32].

No es ésta la última razón de la utilidad de acudir a Santo Tomás en un tiempo como el nuestro, en el que a menudo se emplea un lenguaje o demasiado complicado y retorcido, o demasiado tosco y vulgar, o incluso tan ambiguo que no sirve ni de vehículo del pensamiento, ni de mediador entre los que están llamados al intercambio y comunión en la verdad.» (Carta Lumen Ecclesiae en el VII centenario de la muerte de santo Tomás de Aquino, 20-11-1974).
 

Papa San Juan XXIII

 

«(..) PENSAR, HONRAR, DECIR Y PRACTICAR LA VERDAD

 

Pero he aquí que el creyente se encuentra de cara a la verdad que se impone con dulzura y firmeza.

 

Las palabras de Cristo sitúan, en efecto, a todo hombre de cara a su responsabilidad; se trata de aceptar o de rehusar la verdad invitando a cada uno, con fuerza persuasiva, a permanecer en la verdad, a. alimentar sus pensamientos personales de verdad, a obrar según la verdad.

 

Este mensaje de augurio que os queremos dirigir es, por tanto, una invitación solemne a vivir según el cuádruple deber de pensar, de honrar, de decir y de practicar la verdad. Tal deber deriva de manera clara e indiscutible de las palabras del Libro Santo que os hemos recordado, de la armonía, plena de resonancias a la vez dulces y severas, del Antiguo y del Nuevo Testamento.

 

Ante todo, pues, se ha de pensar con verdad, tener ideas claras sobre las grandes realidades divinas y humanas, de la redención y de la Iglesia, de la moral y del derecho, de la filosofía y del arte, tener ideas justas o procurar formarse en ellas concienzudamente y con lealtad.

 

Desgraciadamente se ve casi todos los días plantear o discutir las cuestiones con una ligereza desconcertante, fruto —lo menos que se puede decir— de la falta de preparación. De ahí que en un reciente discurso sobre la familia hayamos invitado "a todos aquellos que tienen deseos y medios de actuar sobre la opinión pública para que no intervengan nunca si no es para aclarar las ideas y no para confundirlas, para observar la corrección, respeto" (A la Sagrada Rota Romana, 25 de octubre de 1960).

 

Honrar la verdad es una invitación a ser un ejemplo más luminoso en todos los sectores de la vida, individual, familiar, profesional y social. La verdad nos hace libres. Ennoblece a quien la profesa abiertamente y sin respeto humano. ¿Por qué, pues, tener miedo de honrarla y de hacerla respetar? ¿Por qué rebajarse a acomodaciones con la propia conciencia, a aceptar compromisos en evidente contraste con la vida y la práctica cristianas cuando aquel que tiene la verdad debería estar convencido de tener consigo la luz que disipa toda obscuridad y la fuerza enorme que puede transformar al hombre? Es culpable no solamente quien desfigura deliberadamente la verdad, sino que lo es también aquel que, por no aparecer completo y moderno, la traiciona por la ambigüedad de su actitud.

 

Honrad, pues, la verdad mediante la firmeza, el valor, la conciencia de quien posee fuertes convicciones.

 

Además, decir la verdad, ¿no es la admonición de la madre que pone en guardia a su hijo contra las mentiras, la primera escuela de verdad que crea hábito, costumbre adquirida desde los primeros años, que se convierte en una segunda naturaleza y prepara al hombre de honor, al cristiano perfecto, a la palabra pronta y franca y, si es necesario, al valor del martirio y del confesor de la fe? Tal es el testimonio que el Dios de la verdad pide a cada uno de sus hijos.

 

Por último, practicar la verdad: ella es la luz en la que toda persona debe sumergirse y la que da el valor a cada una de las acciones de la vida. Es la caridad que mueve a ejercer el apostolado de la verdad para conocer, para defender los derechos, para formar las almas —especialmente las almas sinceras y generosas de la juventud—, a dejarse impregnar de ella hasta las más íntimas fibras.

 

El antidecálogo

 

Pensar, honrar, decir y practicar la verdad. Proclamando estas exigencias básicas de la vida humana y cristiana, una pregunta surge del corazón a los labios: ¿Dónde está en la tierra el respeto a la verdad? No estamos, a veces, e incluso muy frecuentemente, ante un antidecálogo desvergonzado e insolente que ha abolido el no, ese "no" que precede a la formulación neta y precisa de los cinco mandamientos de Dios que vienen después de "honra a tu padre y a tu madre"? ¿No es prácticamente la vida actual una rebelión contra el quinto, sexto, séptimo y octavo mandamientos: "No matarás, no serás impuro, no robarás, no levantarás falsos testimonios"? Es como una actual conjuración diabólica contra la verdad. (…)» (Radiomensaje de Navidad, 22-12-1960).



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Papa Francisco

“En efecto, precisó el Papa, «el testimonio es sin condiciones, debe ser firme, debe ser decidido, debe tener el lenguaje, tan fuerte, de Jesús: ¡sí sí, no no!». Es exactamente «este el lenguaje del testimonio».” (Meditación diaria en la Misa matutina, 30-6-2014)


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«El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente.» (San Juan Pablo II, Encíclica Redemptor hominis, 10)

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